El jueves a la noche, en el teatro Alberdi la milonga empezó a sonar a telón cerrado. Al abrirse, en una atmósfera azul la cantante irrumpió reflexionando: "?todo depende de la mirada; lo poco parece mucho, y a veces lo mucho es nada?.
"Soy Sandra Mihanovich", explicó conveniente y graciosamente, a causa del vestido negro y los zapatos altos, muy clásicos, medias de red y rouge très rouge. El desusado look serviría para interpretar a Eladia Blázquez, la poeta del tango. Desde el arranque Mihanovich tomó el escenario y el público para sí. Definió que "Somos como somos" y que tiene "El corazón mirando al sur". Como dueña de casa, sentada en una silla con el respaldar hacia el público, contó una anécdota ocurrida en el cerro San Javier.
Después, desde el borde del proscenio, los pies colgando hacia el foso, pidió: Vení, charlemos, la humanidad se viene encima?, con el vibrante bandoneón de Gabriel Vargas. Una cálida introducción en piano de Adrián Devries, su director musical y arreglador, hizo que prometiera románticamente "Cualquiera de estas noches", bolero que marcó un punto interpretativo alto. Con micrófono de pie se resignó: "tendré que transcurrir sin tu mitad". Entonces dejó traslucir el orgullo y el placer que le provoca cantar todas estas canciones.
A pesar de todo? se esperanzó, para honrar a Blázquez con el himno imperecedero, y cosechó el aplauso que cerró por todo lo alto la primera parte.
La más conocida
Tras el intervalo, el pantalón negro y el blazer rojo devolvieron a la Sandra conocida. Entonó varias y, al mismo tiempo, una sola canción: hilvanó el repaso de sus hits en versiones acortadas, en un interesante modo de reinventar el repertorio. El público, que colmaba la sala, se dispuso a escuchar y a entonar a viva voz, dando cuenta de las lecciones que recibió de Sandra desde siempre. Y salió el sol con "Todo brilla" en la luz naranja; dio por sentado que hay vida bajo el asfalto; defendió a María ?una mujer que merece vivir y amar?; reconoció que somos "Sobrevivientes"; estableció quién ? no merece llamarse mujer?; candombeó, como el Negro Rada, ? ven a cantar lo hermoso de la vida?
Entonces, con sorna y gracia anunció la inminente entrada en el túnel del tiempo. Y se fue a la primera, la que Sandra le cantaba a Julio Chávez desde "el cassette", en el auto, en una publicidad de cigarrillos que dirigió Luis Puenzo: Quisiera saber cómo estás mi amor? desató gritos. "Sin tu amor" obligó a la platea a unir brazos en alto siguiendo el ritmo y luego reconoció ?casi ya sos parte de mí? . En unísono con el coro, que ocupaba todo el teatro, ancló una vez más en "Puerto Pollensa", y el solo de guitarra fue impactante.
A capella, y en afiatado dúo con Devries comentó que ya era tiempo ?de saber quién era yo. Después confesó Yo te canto de corazón, y declaró ? te necesito singular. "Todo me recuerda a ti", se lamentó, desde lo hondo de la balada, en un logrado momento escénico. A cambio, ratificó, desde la intimidad del solo de piano hasta el despliegue disco-dancing, que "Soy lo que soy" . Decretó, con fundamento técnico, que está "Prohibido prohibir". Y llegó el momento de agradecer y despedirse de todos, excepto de las empanadas que ya había comido y que seguiría comiendo. Pero la artista amiga del público tucumano no lo privaría del bis, así que con vehemencia de music hall y corriendo por todo el escenario en zapatillas de lona se conformó con "Es la vida que me alcanza".
La necesaria calma llegó al final desde el piso: en posición de loto, en un proscenio violeta, y luego de rodillas, Sandra decidió Honrar la vida de nuevo. Y erguirse vertical, tal como alguna vez le aconsejó Eladia.
"Soy Sandra Mihanovich", explicó conveniente y graciosamente, a causa del vestido negro y los zapatos altos, muy clásicos, medias de red y rouge très rouge. El desusado look serviría para interpretar a Eladia Blázquez, la poeta del tango. Desde el arranque Mihanovich tomó el escenario y el público para sí. Definió que "Somos como somos" y que tiene "El corazón mirando al sur". Como dueña de casa, sentada en una silla con el respaldar hacia el público, contó una anécdota ocurrida en el cerro San Javier.
Después, desde el borde del proscenio, los pies colgando hacia el foso, pidió: Vení, charlemos, la humanidad se viene encima?, con el vibrante bandoneón de Gabriel Vargas. Una cálida introducción en piano de Adrián Devries, su director musical y arreglador, hizo que prometiera románticamente "Cualquiera de estas noches", bolero que marcó un punto interpretativo alto. Con micrófono de pie se resignó: "tendré que transcurrir sin tu mitad". Entonces dejó traslucir el orgullo y el placer que le provoca cantar todas estas canciones.
A pesar de todo? se esperanzó, para honrar a Blázquez con el himno imperecedero, y cosechó el aplauso que cerró por todo lo alto la primera parte.
La más conocida
Tras el intervalo, el pantalón negro y el blazer rojo devolvieron a la Sandra conocida. Entonó varias y, al mismo tiempo, una sola canción: hilvanó el repaso de sus hits en versiones acortadas, en un interesante modo de reinventar el repertorio. El público, que colmaba la sala, se dispuso a escuchar y a entonar a viva voz, dando cuenta de las lecciones que recibió de Sandra desde siempre. Y salió el sol con "Todo brilla" en la luz naranja; dio por sentado que hay vida bajo el asfalto; defendió a María ?una mujer que merece vivir y amar?; reconoció que somos "Sobrevivientes"; estableció quién ? no merece llamarse mujer?; candombeó, como el Negro Rada, ? ven a cantar lo hermoso de la vida?
Entonces, con sorna y gracia anunció la inminente entrada en el túnel del tiempo. Y se fue a la primera, la que Sandra le cantaba a Julio Chávez desde "el cassette", en el auto, en una publicidad de cigarrillos que dirigió Luis Puenzo: Quisiera saber cómo estás mi amor? desató gritos. "Sin tu amor" obligó a la platea a unir brazos en alto siguiendo el ritmo y luego reconoció ?casi ya sos parte de mí? . En unísono con el coro, que ocupaba todo el teatro, ancló una vez más en "Puerto Pollensa", y el solo de guitarra fue impactante.
A capella, y en afiatado dúo con Devries comentó que ya era tiempo ?de saber quién era yo. Después confesó Yo te canto de corazón, y declaró ? te necesito singular. "Todo me recuerda a ti", se lamentó, desde lo hondo de la balada, en un logrado momento escénico. A cambio, ratificó, desde la intimidad del solo de piano hasta el despliegue disco-dancing, que "Soy lo que soy" . Decretó, con fundamento técnico, que está "Prohibido prohibir". Y llegó el momento de agradecer y despedirse de todos, excepto de las empanadas que ya había comido y que seguiría comiendo. Pero la artista amiga del público tucumano no lo privaría del bis, así que con vehemencia de music hall y corriendo por todo el escenario en zapatillas de lona se conformó con "Es la vida que me alcanza".
La necesaria calma llegó al final desde el piso: en posición de loto, en un proscenio violeta, y luego de rodillas, Sandra decidió Honrar la vida de nuevo. Y erguirse vertical, tal como alguna vez le aconsejó Eladia.